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La barrera de hormigón y sus derivados se están convirtiendo en el nuevo abalorio de la urbe contemporánea. En su variante estadounidense, la Jersey Barrier, elemento creado para evitar que los vehículos cruzaran al otro carril de la autopista durante un accidente, se extiende por la ciudad con la autoridad que da ser el representante de un nuevo paradigma.
El paradigma está empezando a tomar forma. Primero los ricos, los jefes de estado, sus amigos: residencias presidenciales, edificios gubernamentales, organismos internacionales. Después sus nuevos edificios: todo nuevo edificio no ha de adaptarse a la idea de estar rodeado por barreras sino a mantener las distancias con la calle, con esa zona de peligrosidad terrorista. Así las construcciones en Washington lucen sus barreras como nuevos ricos engalanados en joyas. Cuantas más muestres más importante eres. Y será más sofisticado el que posea la seguridad más individualizada, más exclusiva y el que parezca que no lleva nada pero su piel sea caparazón.
Esta arquitectura es al antiterrorismo lo que las sanguijuelas a la antigua medicina. Inútil, popular e inevitable. Vale para todo y no vale para nada. La ciudad enferma de violencia se cubre de chupa sangres que ni curan ni protegen. La ilusión de acción permite enajenar a la ciudadanía no ya en una pantomima de seguridad sino en un lavado de conciencia. Hicimos lo que pudimos. Pero la ciudad murió, era demasiado tarde para curarla. Estados Unidos finalmente ha encontrado su nuevo urbanismo.
Todas las imágenes pertenecen a Daniel Lobo
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