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-¡Pobre
Padilla en ese ministerio de malandras! ¡Si es como la Virgen María
en un quilombo! (Luna 1978:136)
Roberto Marcelino Ortiz, flamante presidente de la Nación en el
otoño de 1938, sabía de que hablaba cuando se refería
en esa forma irónica a la inexperiencia e ingenuidad del titular
de la cartera de Agricultura, ingeniero José Padilla. Ortiz era
un experto en la materia. Había sido ministro de Alvear y de Justo,
en Obras Públicas y en Hacienda, respectivamente. Conocía
la dinámica propia de esas estructuras burocráticas y sus
corruptelas.
Esta salida jocosa del presidente escondía toda una declaración
de principios, común a los sectores que detentaban el poder político
desde 1930. La íntima convicción de que valores tales como
la pureza administrativa, la legitimidad del mandato o la escrupulosidad
en el manejo de la cosa pública, eran elementos secundarios frente
a la exteriorización de las realizaciones concretas. Como bien
señalan Ballent y Gorelik, esa dicotomía moral entre forma
y fines "se tradujo en el imaginario social bajo la forma de un lugar
común de larga duración: los gobiernos conservadores "hacen
obra"..."Los conservadores roban, pero hacen obra": gobiernos
que fueron sinónimo de corrupción, fraude electoral o intimidación
política, se legitimaban en su capacidad ejecutiva a través
de la obra pública. Desde este punto de vista, la obra pública
y sus imágenes adquirían una nueva dimensión simbólica,
ya que parecían tomar partido dentro de la vieja alternativa administración/política.
La obra pública permitía a los conservadores presentarse
como eficaces administradores empeñados en una tarea amplia y patriótica,
que buscaba el bien común, y desvinculada generosa y asépticamente
de los intereses partidarios y o sectoriales con los cuales identificaban
a "la política".(2001:155-156).
Esa nueva dimensión simbólica fue construyendo un discurso
que se potenció en el tiempo, instituyendo un modelo de eficiencia
reñido con la "democracia politiquera". Antes bien, fueron
las dictaduras militares de las décadas del sesenta y setenta las
encargadas de llevar esa eficiencia administrativa a lo más alto
de la consideración pública, especialmente en el ámbito
municipal. La pervivencia de ese discurso fue posible en gran parte, por
el espectacular desarrollo de la obra pública en la década
del treinta.
Desarrollaremos entonces un breve análisis de las transformaciones
de la década. De las múltiples articulaciones de la política
de obras públicas llevada a cabo por los gobiernos de la Concordancia.
Su interrelación con los modos culturales, el urbanismo, la arquitectura,
la emergencia de una sociedad de masas, y la nueva apropiación
del territorio resignificando desde la geografía a la historia,
para que esta legitimara desde el pasado a un presente que se pretendía
actuara a modo de síntesis superadora de la contradicción
entre país urbano y país rural.
Poniendo énfasis en lo regional -cuasi desde lo "micro"-,
articulamos una hipótesis que centralmente objeta a la paradoja,
a la dicotomía y la contradicción como atributos necesarios
de esa modernización conservadora. Dado que los procesos históricos
se tornan asequibles desde los cambios pero también desde las persistencias,
creemos los autores de este trabajo que en los años treinta se
produjo una particular situación sociopolítica que permitió
que cortes y continuidades convivieran con lógica coherencia.
Alejando
el barro: el pavimento como estética de la modernidad
Expresan Ballent y Gorelik "en 1932, el país disponía
solo de alrededor de 2.000 km de caminos de tránsito permanente;"
(2001:159). Es una afirmación correcta pero engañosa. Tránsito
permanente no significaba comodidad de tránsito. Solo el cinco
por ciento de esos kilómetros estaban pavimentados. Los demás
eran usualmente "caminos de tierra con baches y pantanos, estos debidos
a la crisis del país, generalmente artificiales, pues era un rebusque
para los chacareros hambrientos sacar los autos que se atascaban "
"en
aquellos tiempos tan importante como la nafta pues (se) debía llevar
siempre algunas latas de repuesto era cargar el auto con palas, tablones,
ladrillos, cuerdas y poleas para desatascar la carretera cuando los pantanos
fueran naturales y no coincidiera con cuarteadores preparados, también
se llevaban elementos para parchar las cámaras pues no había
lugar para llevar rueda de repuesto" (Botana 1985:50). Toda una odisea,
que torna aún más significativo el hecho que al término
del gobierno de Justo "los 100 kilómetros de camino pavimentado
se elevan a casi 10.000 entre concreto y asfalto" (Fraga 1993:304).
Este desarrollo tuvo sin embargo fallas estructurales y estratégicas.
Ya desde la década del veinte la construcción de caminos
era una bandera de desarrollo económico autónomo frente
al monopolio ferroviario británico, tal como lo entendía
un amplio espectro político de izquierda a derecha. Y una forma
práctica de combatir el desempleo. Así en Octubre de 1930,
"la C.G.T. envió una nota al presidente Uriburu señalando
que los deseos de los obreros residían en la solución de
la desocupación obrera y proponía la construcción
de caminos como una medida tendiente al logro de ese fin. Sin embargo
es interesante aclarar que esos caminos no debían ser aquellos
de turismo paralelo a las vías férreas
sino los caminos
que necesitaban los campos para acceso a las estaciones ferroviarias y
que sirvan de combinación entre los centros de producción
y los distintos mercados de la ciudad y el interior. Tal argumentación
agregaba que si se construyeran tales caminos, se podía esperar
que los trabajadores de la ciudad pudieran internarse en el campo `donde
habría trabajo seguro y equitativamente remunerado`." (Matsushita
1986:81). Igualmente, aunque con obvias distintas intenciones "las
empresas británicas, ante la evidencia de que no podían
impedir el desarrollo vial, buscaron al menos que complementara su propio
trazado, proponiendo a las estaciones principales de ferrocarril como
cabeceras de subsistemas locales. Sin embargo, vieron todas sus aspiraciones
derrotadas, ya que la red caminera se construyó en franca competencia,
organizando una red troncal paralela a las principales vías férreas
nacionales. De tal modo, el volumen de cargas por ferrocarril descendió
hasta el borde de la extinción a lo largo de la década."
(Ballent y Gorelik 2001:160)
Esta descripción es en esencia correcta, aunque relativizamos la
importancia que le dan estos autores a la caída de la actividad
ferroviaria. El camión no pudo superar al vagón hasta mucho
tiempo después. Paradójicamente (o no), el régimen
conservador en el mismo momento que creaba la red caminera, acometía
un "plan de extensión de las líneas del Estado, (que)
impulsado por el Administrador Pablo Nogués, significó un
enorme impulso para la construcción de nuevas líneas o la
extensión de otras, en un tiempo en que las empresas ferroviarias
particulares prácticamente habían cancelado todo proyecto
en ese sentido." (Ferrer y Priotti 2001:102). Los años treinta
son también los del reinado de los grandes expresos, de los "rápidos"
que transportan a las élites y a una emergente clase media alta
a los lugares de turismo . El manziano misterio de adiós que siembra
el tren, adquiere nuevas significaciones. "Me alegro de haber nacido
y vivido cerca de una gran estación terminal con su movimiento,
su cambio constante, su inestabilidad, esa impalpable sensación
de aventura que traían los silbatos desgarrados de los trenes en
las noches de viento". (Sebreli 1982:17). Contemporáneo a
este recuerdo urbano, con menos vuelo literario pero con idéntica
nostalgia, es la evocación de ese sonido, por parte de un niño
chacarero perdido en la llanura piamontesa-santafecina: "El pito
del tren se sentía lejos, apenas perceptible entre oleadas de resoplidos
de la máquina a vapor, que repetía con esfuerzo -conocido
lamento de un tren de carga-, el siseo del estribillo tantas veces remedado:
¡Cinco pesos poca plata!...!Cinco pesos poca plata!..." (Forchino
1981:63). Se torna evidente que la Diesel no pudo encarnar en el imaginario
popular, ninguna épica. La locomotora a vapor sí, cual canto
del cisne de una época que se iba.
Y en esa época de cambios modernizadores y de persistencias de
elementos resignificados por esa oleada modernizadora, las poblaciones
del interior encuentran una posibilidad real de romper con un encierro
secular. "Ese pueblo está envuelto por el campo; en la lucha
que ha entablado contra la soledad, el vencido es él; está
sitiado por el campo, enquistado y reducido a un curioso caso de mimetismo"
"El
campo rodea al cementerio y circunda igualmente al pueblo. Una noche igual
cae sobre ambos y el mismo sol los ilumina. El pueblo tiene algo de la
tristeza del cementerio; la casa de los muertos es muy parecida a la casa
de los vivos. La población vegeta." (Martínez Estrada
1986: 102-103)
El camino pavimentado encarna entonces una nueva forma de sociabilidad,
y su trazado involucra múltiples intereses. Las influencias atentan
contra la lógica de la ingeniería vial o el deseo de la
mayoría. Casi siete décadas después los testimonios
orales, pese a las mediaciones de la memoria son coincidentes. "Había
un problema aquí en Arroyo (Seco), y el problema era por donde
iba a pasar la ruta. Si por la calle San Martín (el centro) o por
donde está ahora. A todos los pueblos: Alvear, Lagos, etc., les
convenía que la ruta pasara por San Martín. Pero ganó
el trayecto actual por la influencia de un tal Grassi, que tenía
una fábrica -no me acuerdo de que era la fábrica- en esa
zona-" (Lucente 2002). Puja de intereses que se traslada como relato
trasmitido de generación en generación. "Mis padres
me contaron que la pavimentación de la ruta fue todo un problema
en Arroyo (Seco). Por la época en que yo nací -soy clase
36- se peleaban si pasaba por el centro o por las afueras." (Lapadula
2002). Conflicto travestido de Pago Chico. Que queda subsumido en la dinámica
de las realizaciones. "Los conservadores roban, pero hacen obra".
Y así, refunfuñando por el trazado pero eufóricos
por su concreción (conjeturamos), un día de junio de 1936
los habitantes de Arroyo Seco ponen la mirada en dirección a Fighiera,
atisbando la llegada del "presidente (que) recorre la nueva ruta
pavimentada que une a Buenos Aires con Córdoba, transitándola
a 85 km. por hora, lo que era un record para la época:" (Fraga
1993:304). Record que se asocia a la dinámica puesta en la concreción
de la red vial en los tiempos planeados. Y que contrasta con la abulia
y parálisis burocrática en que cae con posterioridad el
avance de la red.
La construcción efectiva de esa red de caminos fue elemento cardinal
de la apropiación global del territorio y por ende de su modernización.
Y paradojalmente esa modernización permitió una resignificación
del pasado histórico. "En ciertas ciudades del interior existían
sitios que habían sido objeto de cuidado, por el valor histórico
que se les atribuía; sin embargo, eran ahora las zonas rurales
las que se incorporaban al escenario, con indicaciones de los lugares
remotos de una batalla o la referencia al nacimiento de cierto personaje
en una aldea, posibles en buena parte por la extensión de la red
carretera." (Cattaruzza 2001:466). Vialidad Nacional es en ese sentido
una herramienta tan útil como la Junta de Historia y Numismática
para dar un sentido legitimador al discurso elitista que ve en el Interior,
en el país rural, el lugar de la más pura y auténtica
nacionalidad. Amojonando y referenciando históricamente su geografía,
recopilando (o inventando) sus tradiciones, el Estado conservador pretende
dar una impronta ingenuamente popular al pasado nacional que debía
celebrarse.
Nuevos
referentes: de caciques travestidos y otras figuras modélicas
Si el pobrerío del país rural debe dar a través de
un telurismo inventado esa impronta popular a una "correcta visión"
de la patria, serán en cambio los sectores medios y medio altos
del país urbano, los que en los treinta terminarán de consolidar
un proceso que viene de la década anterior: la emergencia de una
sociedad de masas donde ellos tendrán un rol hegemónico,
dictaminando e imponiendo usos y costumbres a las clases subordinadas,
incluso a aquellas que propuestas como "reserva moral" de los
valores patriarcales de tierra adentro, cambiarán esa arcadia rural
solo existente en la imaginación de sus dominadores por la perspectiva
concreta de incorporarse como fuerza laboral al país urbano, aprovechando
la coyuntura del proceso de sustitución de importaciones.
Esa hegemonía cultural implica básicamente constituir un
modelo a imitar, al mismo tiempo accesible y lejano. La consolidación
en los treinta de la industria del espectáculo masivo a través
del cine, la radio y la discografía, hace emerger una prensa especializada
que reemplaza modelos ya perimidos. Las crónicas sociales sobre
lo mas rancio de la oligarquía, de Mercedes Moreno "la dama
duende" en Caras y Caretas o Josué Quesada en El Hogar Argentino,
son desplazadas por las crónicas dedicadas a los espectáculos.
Antena en 1931, Sintonía en 1933 y Radiolandia en 1935, hacen que
las clases medias y medias bajas pongan el mismo interés en las
estrellas de cine y radio (por lo general surgidas de esas mismas clases),
que antaño tuvieran por los miembros de la alta burguesía.
Tal vez más que estos órganos periodísticos, sean
otras dos publicaciones las que mejor definan el estilo ideológico
subyacente en la década. Nos referimos a Sur y Patoruzú.
Aunque parezca extemporáneo comparar a una valiosa revista literaria,
difusora de libros y autores fundamentales con una tira de historietas,
hallamos un paralelismo. La decisión de Victoria Ocampo de provocar
la discusión priorizando los debates estéticos antes que
políticos, encuentra correlato en la creación de Dante Quinterno.
Esto es la de un personaje que si bien remite a un telurismo estereotipado,
se maneja en el país urbano con modos patriarcales y al mismo tiempo
ingenuos. Un cacique patagónico, renegado de su origen étnico,
millonario y estanciero. Lo uno como consecuencia de lo otro, y con total
impunidad para "hacer el bien". La misma impunidad que le permite
a su alter ego en el campo cultural, (esta si una auténtica representante
de la oligarquía y no un indio travestido) difundir un esteticismo
elitista, donde la cuestión social era considerada de mal gusto.
La modernidad expresada en términos de vanguardia literaria no
encontraba reprobable la exclusión política.
Discurso que también hizo suyo otras de las grandes disciplinas
modernizadoras de la década: la arquitectura.
El
Rosario de Ermete y Culaciati: urbanismo y elitismo.
"La vivienda urbana asumía a su vez particulares formas de
transformación, que la convirtieron rápidamente en el símbolo
elocuente de los nuevos tiempos: la casa de renta o departamentos desarrollada
en altura se imponía como parte de una modernización general
de la ciudad. Fue este un proceso reconocible en los distritos centrales
de Rosario, Córdoba y Mendoza, ejemplos de gran despliegue constructivo
en edificios de altura. Pero, como en otros aspectos de la modernización,
Buenos Aires lo emblematizó de modo más completo."
(Ballent y Gorelik 2001:171-172)
Emblematización porteña aparte, en Rosario este tipo de
construcciones tiene un nombre fundamental: el de Ermete Esteban Félix
De Lorenzi. Nacido con el siglo en El Trébol, "después
de recibir su título de Arquitecto en la Universidad de Buenos
Aires, se trasladó a Rosario, donde inició su actividad
en 1927, residiendo aquí durante 18 años, hasta 1945."
(Gombos 1971:93) Su etapa rosarina abarca con creces el período
que analizamos. Entre sus múltiples realizaciones se destacan:
Sanatorio Británico, Sanatorio Plaza, edificios de renta en Córdoba
al 1400, Santa Fe al 1400, edificio Gilardoni en Bulevar Oroño
y Rioja, edificio industrial de Chaina y Cía, en calle Córdoba
al 3000, hoy ocupado por la UNR., etc.
Pero hay dos obras que nos interesa destacar en particular. Una "fue
la levantada en la esquina de Córdoba y Bulevar Oroño, terminada
en el año 1940, edificio de la Compañía de Seguros
'La Comercial de Rosario'
Ninguna medianera arruina la majestuosidad
del edificio, con sus 17 pisos, con sus 5.000 metros cuadrados de superficie
cubierta y con una torre de 70 metros de altura
El edificio de 'La
Comercial de Rosario' marcó época y sigue siendo un modelo
de arquitectura actual." (Gombos 1971:95-96) Este edificio representa
para Rosario, en tiempo y lugar, lo que el Kavanagh para Buenos Aires.
La otra obra es la mansión ubicada en la ochava sudoeste de Córdoba
y Moreno, que De Lorenzi construyó como residencia familiar, y
que entre tuvo otros destinos posteriores, el de ser la sede del Comando
del Cuerpo II de Ejército.
De Lorenzi no se limitó al ejercicio estricto de la arquitectura
o a actividades académicas relacionadas con ella. Desempeñó
también funciones públicas diversas a lo largo de esos años
(Director de Obras Públicas de la Provincia en 1935 y a principios
de los años 40, miembro de distintas comisiones municipales, etc.)
Fue accionista de empresas familiares y un hábil rentista de alguno
de sus edificios. Tuvo afición por la música, la pintura
y la escultura. En síntesis, un hombre excepcionalmente dinámico.
Un arquetipo de la modernidad, un discípulo privilegiado del movimiento
del "Bauhaus" que transformó en pocos años la
forma de construir, según la tradición de siglos.
Esta vanguardia estética arquitectónica encuentra correlato
en lo que afirmáramos precedentemente sobre el esteticismo literario
de la revista Sur . De Lorenzi, pese a sus antecedentes y lauros profesionales
no escapa a esa postura. "Mi padre, Legurio Tramallino, trabajó
muchos años para la firma De Lorenzi. Llegó a ser gerente.
Estaban en calle Santa Fe y hacían el famoso queso trebolggiano,
que era muy rico. Los productos De Lorenzi eran de lo mejor que había
en Rosario. Durante la época de Perón tuvieron problemas
por la forma en que trataban al personal. ¡Imaginate lo que habrá
sido antes! Mi papá me contaba que cuando el era cadete (
si,
debe haber sido por los años 30, porque el era chico, y yo nací
en el 44), cuando el era cadete te decía, lo hacían trabajar
de lunes a sábado, y el domingo tenía que levantarse temprano
solamente para ir hasta el centro a buscar los diarios de Buenos Aires
y La Capital y llevarlos a la casa del Arquitecto De Lorenzi que quedaba
donde ahora está el bar ese (al) que los zurdos le tiran huevazos
porque antes estaba el Comando " (Tramallino 2002). No se trata de
cargar las tintas sobre De Lorenzi. Simplemente hacemos ver que el se
mueve dentro de una lógica hecha de cortes y persistencias. Su
posición socio-económica le lleva a mostrar esos modos de
continuidad en un trato excluyente y restrictivo, al tiempo que su formidable
capacidad profesional lo hace protagonista emblemático de esos
cortes modernizadores.
Si De Lorenzi es referente simbólico de una ciudad en que al mismo
tiempo se operan cambios y persisten retrocesos, no lo es menos Miguel
Culaciati. Intendente Comisionado por la Intervención Federal que
en 1935 abate al gobierno demoprogresista, en ejercicio de su cargo desde
noviembre de ese año "hasta enero de 1938, llevaría
adelante un ambicioso programa de obras públicas
" (Fernandez
y Armida 2000:88). Administrador eficaz, supo paliar el sempiterno déficit
municipal con oportunas ayudas de la Provincia (mayor participación
en la recaudación fiscal) y de la Nación (construcción
de accesos a la ciudad). Desde el comienzo de su gestión dio a
conocer un esbozo de obras públicas a realizar "entre las
que se incluían la construcción de la Avenida Costanera
en el tramo de Alberdi a La Florida, la pavimentación de Boulevard
Rondeau y la construcción de hornos crematorios de basuras."
(Fernandez y Armida 2000:88) Se amplía el Parque Independencia,
se habilita la Avenida Belgrano, y al tiempo que se realizan esas obras
de embellecimiento urbanos, el intendente establece una particular relación
con las comisiones vecinales. Esto permite satisfacer demandas de los
barrios. Culaciati, político de raza (terminará su carrera
como Ministro del Interior de Castillo) , sabe de si ilegitimidad de origen.
Tal vez por eso, intenta suplir el origen espurio de su gestión
convirtiéndose en interlocutor válido de los reclamos barriales
y ejecutor eficaz de las mejoras solicitadas. Eso fue creando una imagen
positiva de su gestión. Que ocultó algunos hechos significativos
que demuestran la verdadera relación elitista y restrictiva que
tuvo esa administración.
Así cuando "el Jockey Club, presidido por Joaquín Lagos,
inauguró el último día de 1936 su espléndido
Country Club, y durante una temporada Rosario estuvo con ese adorno cual
chiquillo con zapatos nuevos." (Alvarez 1981:656), Culaciati puso
especial énfasis en dar a ese emprendimiento de la burguesía
rosarina un adecuado marco contextual. Arterias claves de la zona, entonces
casi deshabitadas, son pavimentadas con material de excelente calidad
. Se ajardina la prolongación de calle Córdoba hacia la
ruta 9. Fisherton es en cierto sentido una creación de la gestión
Culaciati. Hecho inserto en la tendencia manifiesta en la época
de que "la ampliación a los sectores acomodados de las clases
medias de la práctica del weekend fuera de la ciudad se vinculaba
con el proceso de modernización de los modos y espacios del habitar
doméstico
En 1933 comenzaba a publicarse la revista Casas
y Jardines, representante de estas nuevas tendencias y dedicada sobre
todo a la vivienda suburbana, de weekend o de veraneo." (Ballent
y Gorelik 2001:171)
Esos pródigos esfuerzos municipales son escatimados a otros sectores
del ejido urbano, más allá de la solución de determinados
problemas. Sin embargo los habitantes menos politizados de esos sectores,
aunque manifiesten disparidad ideológica o partidaria, tanto por
la módica solución alcanzada en hechos puntuales, como por
el reflejo modernizador concretado en una zonificación escindida
entre segmentos sociales principales y subalternos, elaboran una imagen
críticamente positiva del gobierno de Culaciati. Las aristas más
negativas, tales como el fraude electoral más o menos evidente,
la complicidad en la represión a los opositores y militantes sociales
y la consiguiente ilegitimidad, son contrapuestas a las realizaciones
concretas, en un análisis comparativo con las administraciones
posteriores.
Más de seis décadas después, en el imaginario rosarino
hay en torno a la evaluación de las intendencias, un punto de inflexión
que pasa por la figura de Luis Carballo . Pero hay un antes donde solo
emerge la figura paradigmática de alguien que en tanto lugar común
a los ilegítimos funcionarios de la Concordancia, "robaba,
pero hacía obra". Y utilizó los recursos estatales
para modernizar, aunque restrictiva y paternalmente, a su ciudad.
Conclusión:
una lógica propia más allá del antes y el después
Expresa Alejandro Cattaruzza en el prólogo al tomo VII de la Nueva
Historia Argentina que "en el cruce de la profesionalización
de la actividad historiográfica con el descenso de la intensidad
del debate colectivo, las imágenes actuales de los años
treinta resultan más eruditas, más cautas y notoriamente
más fragmentarias que las heredadas." (2001:14-15). Esa moderación
política ha permitido a los años treinta comenzar a transitar
un camino propio. Dejar de ser cosas tan disímiles como la antesala
del peronismo o la bisagra entre la argentina liberal y la populista.
Dejar de ser desde lo laudatorio, los Tiempos de la República,
o desde lo reprobatorio, la Década Infame. Dejar de ser para comenzar
a ser. Para poder articular una mirada de conjunto sobre esos años,
aprensible. Y para ello entendemos debemos respetar la lógica propia
de esos años. Sin olvidar la premisa crocceana de que toda historia
es historia contemporánea. Por eso si nuestro presente recién
nos permite como afirma Cattaruzza, liberarnos de la persistente lectura
que enlazando política e historia, veía en los años
treinta solo el prolegómeno de otro enigma más acuciante,
el peronismo, debemos por todo ello despojar a ese período de una
adjetivación que le fuera impuesta con posterioridad. Ya no habrá
entonces paradoja ni contradicción entre un discurso modernizador
conviviendo con prácticas retardatarias y restrictivas. Despojados
esos años de interpretaciones hechas retrospectivamente por actores
individuales o colectivos desde sus respectivos presentes, es labor de
historiadores encontrar coherencias y lógicas interpretativas.
Tarea ardua, pero digna de ser emprendida.
Fernando Cesaretti Florencia Pagni
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FUENTES
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Diarios: La Capital, La Tribuna, La Reacción (Rosario); Crítica,
La Nación (Buenos Aires); El Conductor (Pergamino). De los citados
en primer término, fueron consultados distintos números
de la década de 1930, con amplitud temática. Del último,
se consultaron varios números de 1955 en relación a las
idas y venidas en la construcción de una ruta (la ex 178), con
el objeto de comparar la dinámica de Vialidad Nacional en dos períodos
distintos.
Revista Summa. Documentos para una historia de la arquitectura en la Argentina.
Específicamente aquellos que comprenden lo que la revista acota
cronológicamente como el "periodo de integración nacional
(1914-1943)".
Orales:
Entrevista al señor Carlos Lucente, realizada por Florencia Pagni
en Arroyo Seco el 14 de Julio de 2002.
Entrevista al señor José "Chiche" Lapadula, realizada
por Florencia Pagni en Arroyo Seco el 20 de Julio de 2002.
Entrevista al señor Carlos Alberto Tramallino, realizada por Fernando
Cesaretti en Rosario, el 6 de Julio de 2002.
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