El hechizo de una ciudad en ebullición

Fuente: diario La Nación, Argentina

Pekín (Beijing) refleja el nuevo perfil chino

PEKIN (De un enviado especial).- Algo mágico flota en el aire de esta ciudad. No es linda; su arquitectura es poco armoniosa; el tráfico es endiablado; el calor es sofocante; comprar algo es una tortura, por el idioma, y hay un océano de gente por donde se la mire. Y sin embargo pocas ciudades en cualquier lugar del planeta son capaces de provocar un impacto como el que provoca Pekín.
Mítica por donde se la mire, para los modernos Marco Polo que llegamos hasta aquí, a miles de kilómetros de Buenos Aires y once horas más adelantados en la vida por eso de los husos horarios, algo magnético, irresistible, se va apoderando a medida que se recorren sus calles, repletas de pasado y de futuro a la misma vez, uno al lado del otro, antiguo y moderno.

Es que en esta Pekín, fea con ganas en su mayor parte, hay algo que nadie más puede tener: una grandiosidad que impresiona, un sentido de historia inmemorial junto con un presente pujante y un futuro que uno adivina tan feo como hoy en lo estético, pero desarrollado como nadie en el mundo.

Con un origen que se pierde en la mitología, sólo se sabe que en los últimos 3000 años fue intermitentemente la capital del país. Arrasada por los mongoles y por invasiones varias, incluidas las ideológicas, conserva una majestuosidad visible a cada paso. Su nombre es como esas palabras que uno repite y no tiene que explicarlas para entender qué significa. Es Pekín, y con eso basta.

Una fiesta

Caminar hoy por sus calles del centro es una fiesta para los sentidos. Desde la peatonal Wangfujing, cerca de la Ciudad Prohibida, hasta las calles repletas de vendedores de comida pasando por sus mercados donde se puede comprar cualquier cosa, todo aquí invita a mirar el espectáculo.

Wangfujing
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Acá parece haber gente por todas partes y uno jamás está solo, lo quiera o no. Pero al levantar la vista uno podría concluir que sólo hay una cosa en China en mayor cantidad que gente: grúas, grúas de construcción. Como dicen acá, si uno se ausenta una semana seguramente habrán hecho una mole de cemento en su cuadra.
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Decenas, cientos de edificios ultramodernos se han apoderado del cielo de Pekín. Uno se imaginaba que, más allá del enorme crecimiento económico, la impronta de más de 50 años de comunismo se sentiría de inmediato. Craso error: más allá de la enorme gigantografía de Mao que adorna la entrada a la Ciudad Prohibida y las banderas rojas que pueblan toda la zona, nada indica que ese régimen pasó por aquí.
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La mayoría de los autos son supermodernos, hay más de 90 McDonald´s (dato para agendar: un combo cuesta 150 yuans, poco menos de dos dólares), las grandes tiendas se alzan una junto a la otra y casi no hay una persona que no tenga su celular en la mano, aunque hay que reconocer, el precio de la modernidad, que la música que suena con los llamados es una tortura.
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La Pekín mítica también está en todas partes: en la Ciudad Prohibida, en el Templo del Cielo, en la plaza de Tiananmen, donde, jamás se sabrá el número exacto, cientos de chicos murieron aplastados por la represión cuando exigían más libertad.

Templo del Cielo
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Paradójico o no, ayer mismo, mientras caminábamos por la plaza recordando esa masacre, nos tocó, en uno de sus costados, presenciar un acto con una decena de personas que ondeaban la bandera comunista y coreaban vaya uno a saber qué.
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Sin embargo, la china milenaria, la china comunista y la china hipercapitalista conviven todo el tiempo.
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La mejor frase para definir esto la tienen los chinos, a quienes cuando se les pregunta quién es su héroe nacional sentencian sin la menor culpa ideológica: "Mao, que nos hizo libres, y Deng, que nos hizo ricos".

Plaza de Tiananmen