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A principios de nuestro siglo Tuavii viajó a Europa, descubriendo un mundo que le resultaba grotesco y que nada tenía que ver con la vida sencilla y despreocupada de los isleños de Samoa. Los samoanos no conocían ni tampoco necesitaban- el dinero (el metal redondo), ni los grandes edificios (canastas de piedra), ni los cines (locales de pseudo-vida), ni los periódicos (los muchos papeles). Tuavii nunca entendió por qué los Papalagi (que significa los hombres blancos) siempre tienen prisa; o por qué en vez de disfrutar de lo que hacen siempre piensan en lo que harán después; o por qué con la cantidad de cosas que tienen siempre quieren tener más. Años después de su visita a Europa, Tuavii jefe de Tiavea, escribió estos discursos para convencer a su pueblo de que no se dejara llevar por las falsas comodidades de la civilización occidental. Un amigo alemán, Eric Scheurmann, recopiló los textos y los publicó en Occidente. Desde entonces han sido traducidos a multitud de idiomas. El Papalagi
EL Papalagi vive, como los crustáceos, en casas fijas. Ellos viven entre las piedras, como el cien-pies en las grietas de la lava. Alrededor de él, sobre él y debajo de él hay piedras. Su choza parece como una caja de piedra parada. Una caja con agujeros y dividida en compartimentos. Solamente hay un lugar por donde se pueda entrar o salir de estas cajas de piedra. El Papalagi llama este lugar de entrada, cuando ellos entran a su choza y la salida cuando ellos la dejan, a pesar de ser un mismo sitio y estar en el mismo lugar. Este sitio está provisto de una gran lámina de madera, la cual debe ser empujada si uno quiere penetrar a la choza. Esto es solamente el comienzo. Se deben empujar muchísimas hojas de madera antes de estar realmente en la choza.
La mayoría de las chozas están ocupadas por mas gente de la que pueda tener un pueblo de Samoa. Por esto, cualquiera que desee hacer una visita debe conocer exactamente el nombre del aiga (familia) a la cual quiere visitar. Cada aiga ocupa su parte en la caja de piedra, la parte de arriba, el medio o parte de abajo, la izquierda, la derecha o la del frente. Muy a menudo una familia no conoce nada de la otra, como si además de una pared de piedra, los separaran Manono, Apolina y Savii (tres islas del grupo de Samoa. Sucede frecuentemente que a duras penas se conocen sus nombres y cuando se encuentran en el hueco de la entrada, ellos se saludan con un agresivo movimiento de cabeza o empiezan a gruñir como insectos hostiles. Cuando un aiga vive en la parte más alta de la choza inmediatamente debajo del techo, el visitante tiene que escalar muchísimas ramas que lo lleven hasta arriba, circularmente o en zig-zag, hasta llegar a un lugar donde el nombre del aiga está escrito en la pared. Luego el ve una graciosa imitación de la glándula pectoral femenina, la cual da un grito cuando se aprieta, llamando así al aiga. El aiga mira a través de un hueco escondido, para ver si es un enemigo el que ha apretado la glándula. En caso de que sea un enemigo no atiende; pero cuando ve un amigo, le desamarra la bien atada hoja de madera, la atrae hacia él de tal manera que el huésped pueda penetrar en la choza a través de la apertura. Paredes de piedra dividen la choza en diferentes cajones, y para pasar de uno a otro hay que empujar una y otra hoja, siendo cada vez más pequeños los cajones.
Cada cajón los Papalagi los llaman piezas- tienen un hueco en la pared; los más grandes tienen dos o tres huecos a través de los cuales pasa la luz. Esos orificios están cubiertos con vidrios que pueden ser quitados cuando se quiere que el aire fresco entre en la caja. También vi cajas sin ningún hueco para la luz y el aire fresco. Todos nosotros nos sofocaríamos rapadamente, pues nunca el aire fresco penetra en esas cajas, como pasa en cada una de las chozas se Samoa. Los olores del sitio para cocinar no tiene por dónde salir, y el aire que entra no es muy buen tampoco. Es muy difícil comprender como un ser humano no muere en estos alrededores, o se convierte en un pájaro por el solo deseo de tener alas y volar a buscar el sol y el aire fresco. Pero los Papalagi están muy orgullosos de sus cajas de piedra y no se dan cuenta de lo malsanas que son.
Cada caja tiene su propósito. La más grande y más iluminada se utiliza para fiestas y reuniones de la familia y para recibir huéspedes; otra es para dormir: allí se extienden las esteras, es decir, están puestas en andamios de madera con largas patas, para que el aire circule por debajo; una tercera caja sirve para tomar los alimentos y hacer nubes de humo; en una cuarta se conserva el alimento; la quinta, la última y más pequeña, sirve para tomar baños; ésta es la mejor de todas. Hay muchísimos espejos, y el piso está cubierto con alegres ladrillos de colores, y en la mitad está una gran vasija hecha de metal o de piedra y por ella corre agua asoleada y sin asolear. Es en esa vasija, tan grande como una tumba real, aún más grande, en donde el Papalagi se mete para lavarse y para limpiar la arena que queda de las cajas de piedra.
Existen también otras chozas con muchas cajas. Se ven chozas donde los niños, los sirvientes y aun el perro y el caballo tienen su propia caja.
Dentro de esas cajas el Papalagi gasta su vida entera. Ahora esta en una caja, luego en otra, de acuerdo con la posición del sol. De tiempo en tiempo, el Papalagi deja su caja privada como ellos mismos la llaman- para ir a otra caja donde hacen su trabajo. Mientras tanto no permiten ser molestados y no pueden tener al lado sus mujeres y niños. Al mismo tiempo, las mujeres y las niñas están ocupadas en el sitio para cocinar, cocinando o limpiando las pieles que cubren sus pies o lavando ropa sucia. En caso que sean lo suficientemente ricos, los Papalagi tienen sirvientes que hacen el trabajo y las mujeres van a hacer visitas y a comprar alimentos frescos.
Es así como viven en Europa un número de personas que supera a todas las palmeras de Samoa y aun muchísimo más. Es verdad que unos pocos añoran el sol, la luz y los bosques, pero esto se considera usualmente una enfermedad, a la cual uno debe escapar. Cuando alguien no esta feliz con esta vida entre piedras, los otros dicen que es anormal significando con ello que no sabe nada de aquello que Dios ha puesto para goce del hombre.
Estas cajas las sitúan en gran número, unas junto a las otras, y no están separadas por palmas o arbustos; aparecen colocadas como gente hombro a hombro, y en cada caja vive más gente que en un pueblo de Samoa. Opuesta a estas cajas hay una segunda fila de cajas. Entre estas dos filas hay una angosta grieta, que los Papalagi llaman calle. Estas grietas son a menudo tan largas como un río y están cubiertas de duras piedras. Se tiene que caminar largo rato antes de encontrar un espacio abierto. Se puede errar por días y días a través de las grietas sin llegar a ver un bosque o un pedazo de cielo azul. Raramente se ve un pedazo de cielo entre las grietas pues cada caja tiene al menos una chimenea; el cielo siempre está cubierto de cenizas y humo, como cuando el cráter del Savii empieza a eructar. Las cenizas caen sobre las grietas en tal forma que a las gentes se les entra la tierra negra en los ojos o en el pelo y arena entre los dientes. Aún así, el Papalagi camina de arriba abajo por las grietas, de la mañana a la noche. Hay gente que lo hace con gran pasión. He visto grietas en donde hay siempre una gran multitud y en las que la gente corría como en el barro. Allí se han construido enormes cajas de vidrio, en las que también se exhiben toda clase de cosas.
El Papalagi necesita para vivir: corpiños, gorros, pieles para las manos y los pies, comida, carne; también verdaderos alimentos como frutas y verduras, y muchísimos otros objetos. Todas estas cosas están expuestas en tal forma que cada quien las pueda ver y que parezcan muy apetecibles, pero ninguno las puede tomar, aunque las necesite urgentemente, sin antes tener un permiso especial y haber hecho ofertas.
En estas grietas el ruido es ensordecedor. Nuestros oídos vibran con el ruido de los cascos de los caballos golpeando las calles; la gente golpea el piso con sus fuertes pieles para los pies. Los niños lloran; los hombres gritan de alegría o de horror, pero todos gritan. Es muy difícil hacerse entender en otra forma que no sea gritando. Es un ruidaje como si uno estuviera asistiendo a la peor tormenta en los acantilados de Savaii. Y todo esto en las cajas de piedra con su gente; las altas cajas de piedra que se entretejen como largos ríos; la gente que allí vive; los ruidos; el humo negro y la arena que flota encima, sin un árbol, sin un pedazo de cielo azul, sin nubes, todo esto el Papalagi lo llama ciudad.
La ciudad es su creación, de la cual se siente muy orgulloso. La gente vive allí sin haber visto nunca un árbol, un bosque, el cielo, el gran espíritu cara a cara; gente que vive como los reptiles en las lagunas; viviendo debajo de arrecifes de coral; con la ventaja que estos animales están al menos más limpios por la fría agua del mar y que el sol con su cálida boca alcanza a llegar hasta ellos.
Los Papalagi están orgullosos de haber puesto juntas tantas piedras? No lo sé. Los Papalagi son gente con extraño sentido de las cosas. Ellos hacen un montón de cosas absolutamente inútiles, de las cuales se cansan, pero, sin embargo alardean acerca de ellas y componen cantos en su honor.
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