|
|
Cómo
un infinito rompecabezas de colores, arracimada con la simétrica
perfección de las construcciones de los insectos, surge en la distancia
La ciudad de papel.
Diseñada con toda la sensibilidad de los arquitectos orientales,
especialistas en el origami, o arte de doblar papel, es célebre
entre las ciudades del desierto. Cuando llegan los visitantes, de antemano
los guardias piden disculpas por las incomodidades y los inconvenientes
que puedan causar su celo y su afán de prevención ante el
gran temor: el fuego. Las precauciones para evitarlo llegan a extremos
rayanos en lo inverosímil: todos los recién llegados son
sometidos a minuciosas requisas con el fin de impedir la entrada a la
ciudad de cerillas, encendedores, teas, yesqueros, materiales volátiles
de fácil combustión y objetos inflamables que puedan causar
una tragedia. Pero a La Ciudad de Papel también la acechan la lluvia
y el viento.
Para evitar la lluvia localizaron la ciudad en uno de los lugares más
secos de la tierra.
Sin embargo y saben que esto no es garantía de total seguridad.
Los anales historiográficos registran las dos grandes tragedias
debidas a la lluvia:
1-Hace más de dos siglos cayó un aguacero que duró
menos de veinte minutos y prácticamente destruyó la ciudad.,
dejando damnificados a todos los habitantes.
2- A mediados
de los años cincuenta una llovizna menuda., arrastrada sobre el
desierto por la cola de un huracán., destiñó el papel
de techos y fachadas., arrugándolo y corriéndole la tinta
de avisos, letreros y rótulos de direcciones.
Después de las grandes tragedias la ciudad parecía un cuaderno
extraviado abandonado a la intemperie un día de lluvia en el patio
de un colegio. En las escuelas estudian con profundidad la historia de
Chavín., la ciudad hermana en el desierto peruano. Aunque no es
de papel, sí fue construida hace siglos en adobe., tapia pisada
y arcilla sin cocer., en un lugar donde no llovía Jamás.
Pero destino es destino y un día un temporal extraviado la barrió
con una tormenta que la dejó desleída., destruyéndole
los invaluables relieves de arcilla cruda. Tristes arqueólogos
y deprimidos científicos consideraron la pérdida irreparable.,
pues los habitantes habían abandonado Chavín hacía
siglos., desde la llegada de los españoles a América.
Como un gran amor perdido los investigadores vieron desaparecer la ciudad
borrándose de la memoria de la tierra.
Para protegerse del viento., que si bien no es muy fuerte sí llega
cada año en agosto., la gente lo recibe con festivales de cometas.,
globos y barriletes que aplacan a los dioses de la brisa. Cuando sopla
con demasiada fuerza. La Ciudad de Papel gira sobre sí misma de
manera que disminuye la resistencia y el viento pasa por en medio de ella.
De ventana
a ventana, de puerta a puerta se crean corrientes que son aprovechadas
no sólo para generar energía sino para que el viento agite
banderines y haga sonar instrumentos musicales.
Esa música orienta a los viajeros extraviados en el desierto.
La Ciudad de Papel, orgullosa de su presente, no olvida su pasado.
En el Museo Nacional, amplio y fresco recinto de grandes bóvedas
y tenue luz filtrada por claraboyas de papel de seda, se conserva la memoria
de la ciudad. Como auténticas reliquias se conservan los restos
carbonizados de lo que fue hace siglos. Alguna vez tuvo, como otras ciudades
comunes del planeta, hondos cimientos de piedra, regulares muros de ladrillo,
junturas de cemento y argamasa, arcos de concreto, vigas de madera, rejas
de hierro, claraboyas de vidrios coloreados y techos de teja de barro.
Basándose en los vestigios los artistas han dibujado y reconstruido
en el papel lo que pudo haber sido la ciudad en esos lejanos tiempos.
Los visitantes pueden ver la arquitectura de los bárbaros tiempos
de las guerras: un desordenado conjunto de pesadas casas de varios pisos,
pétreas fortificaciones y altas torres levantadas con fines militares.
Para la guerra y la muerte se vivía en esos tiempos aciagos. Todos
los esfuerzos se reducían a la rápida reconstrucción,
sin planificación alguna, pues se sabía que la guerra volvería
a empezar. La paz tenía apenas el sentido de una tregua para reorganizar
el odio, reagrupar las tropas, llorar a los muertos y preparar la venganza.
Pero como todo tiene un límite, un día tuvo más fuerza
la vida.
La ciudad se quedó sin combatientes: apenas sobrevivían
ancianos, mujeres y niños. Vino una paz forzosa y un gobierno de
civiles hastiados de la guerra. Decidieron empezar de nuevo, con el amor
como principal cimiento de la nueva ciudad. Experimentaron numerosos materiales
hasta concluir que el papel era ideal, no sólo porque podían
obtenerlo fácilmente a partir de los subproductos agrícolas,
sino porque posibilitaba la movilización de la ciudad entera, fuera
del ámbito de las naciones guerreras. Nomadearon por el desierto
hasta encontrar el lugar más seco, que resultó próximo
al oasis de Macuira y allí establecieron la ciudad actual. La presencia
de sabios orientales, guiados por la sencillez y perfección de
la filosofía Zen, hizo evolucionar el diseño arquitectónico
y el arte del Origami a extremos inverosímiles.
La antigua ciudad de la destrucción y de la guerra se convirtió
en una verdadera maravilla del planeta.
Cada año se renueva y se abre como una flor de papel, es decir,
cómo un libro que con cada lectura enseña algo diferente,
algo nuevo y admirable que surge del amor con que fue escrito, algo que
antes, hace siglos, en tiempos de la guerra no tenía la posibilidad
de contar.
|
|