Texto enviado a la lista de correo de A4IU en el mes de Marzo de 2004

La Ciudad de Papel

fuente:El Libro de las Ciudades de Román Celso

 

Cómo un infinito rompecabezas de colores, arracimada con la simétrica perfección de las construcciones de los insectos, surge en la distancia La ciudad de papel.
Diseñada con toda la sensibilidad de los arquitectos orientales, especialistas en el origami, o arte de doblar papel, es célebre entre las ciudades del desierto. Cuando llegan los visitantes, de antemano los guardias piden disculpas por las incomodidades y los inconvenientes que puedan causar su celo y su afán de prevención ante el gran temor: el fuego. Las precauciones para evitarlo llegan a extremos rayanos en lo inverosímil: todos los recién llegados son sometidos a minuciosas requisas con el fin de impedir la entrada a la ciudad de cerillas, encendedores, teas, yesqueros, materiales volátiles de fácil combustión y objetos inflamables que puedan causar una tragedia. Pero a La Ciudad de Papel también la acechan la lluvia y el viento.
Para evitar la lluvia localizaron la ciudad en uno de los lugares más secos de la tierra.
Sin embargo y saben que esto no es garantía de total seguridad.
Los anales historiográficos registran las dos grandes tragedias debidas a la lluvia:
1-Hace más de dos siglos cayó un aguacero que duró menos de veinte minutos y prácticamente destruyó la ciudad., dejando damnificados a todos los habitantes.

2- A mediados de los años cincuenta una llovizna menuda., arrastrada sobre el desierto por la cola de un huracán., destiñó el papel de techos y fachadas., arrugándolo y corriéndole la tinta de avisos, letreros y rótulos de direcciones.
Después de las grandes tragedias la ciudad parecía un cuaderno extraviado abandonado a la intemperie un día de lluvia en el patio de un colegio. En las escuelas estudian con profundidad la historia de Chavín., la ciudad hermana en el desierto peruano. Aunque no es de papel, sí fue construida hace siglos en adobe., tapia pisada y arcilla sin cocer., en un lugar donde no llovía Jamás. Pero destino es destino y un día un temporal extraviado la barrió con una tormenta que la dejó desleída., destruyéndole los invaluables relieves de arcilla cruda. Tristes arqueólogos y deprimidos científicos consideraron la pérdida irreparable., pues los habitantes habían abandonado Chavín hacía siglos., desde la llegada de los españoles a América.
Como un gran amor perdido los investigadores vieron desaparecer la ciudad borrándose de la memoria de la tierra.
Para protegerse del viento., que si bien no es muy fuerte sí llega cada año en agosto., la gente lo recibe con festivales de cometas., globos y barriletes que aplacan a los dioses de la brisa. Cuando sopla con demasiada fuerza. La Ciudad de Papel gira sobre sí misma de manera que disminuye la resistencia y el viento pasa por en medio de ella.

De ventana a ventana, de puerta a puerta se crean corrientes que son aprovechadas no sólo para generar energía sino para que el viento agite banderines y haga sonar instrumentos musicales.
Esa música orienta a los viajeros extraviados en el desierto.
La Ciudad de Papel, orgullosa de su presente, no olvida su pasado.
En el Museo Nacional, amplio y fresco recinto de grandes bóvedas y tenue luz filtrada por claraboyas de papel de seda, se conserva la memoria de la ciudad. Como auténticas reliquias se conservan los restos carbonizados de lo que fue hace siglos. Alguna vez tuvo, como otras ciudades comunes del planeta, hondos cimientos de piedra, regulares muros de ladrillo, junturas de cemento y argamasa, arcos de concreto, vigas de madera, rejas de hierro, claraboyas de vidrios coloreados y techos de teja de barro. Basándose en los vestigios los artistas han dibujado y reconstruido en el papel lo que pudo haber sido la ciudad en esos lejanos tiempos. Los visitantes pueden ver la arquitectura de los bárbaros tiempos de las guerras: un desordenado conjunto de pesadas casas de varios pisos, pétreas fortificaciones y altas torres levantadas con fines militares. Para la guerra y la muerte se vivía en esos tiempos aciagos. Todos los esfuerzos se reducían a la rápida reconstrucción, sin planificación alguna, pues se sabía que la guerra volvería a empezar. La paz tenía apenas el sentido de una tregua para reorganizar el odio, reagrupar las tropas, llorar a los muertos y preparar la venganza.
Pero como todo tiene un límite, un día tuvo más fuerza la vida.
La ciudad se quedó sin combatientes: apenas sobrevivían ancianos, mujeres y niños. Vino una paz forzosa y un gobierno de civiles hastiados de la guerra. Decidieron empezar de nuevo, con el amor como principal cimiento de la nueva ciudad. Experimentaron numerosos materiales hasta concluir que el papel era ideal, no sólo porque podían obtenerlo fácilmente a partir de los subproductos agrícolas, sino porque posibilitaba la movilización de la ciudad entera, fuera del ámbito de las naciones guerreras. Nomadearon por el desierto hasta encontrar el lugar más seco, que resultó próximo al oasis de Macuira y allí establecieron la ciudad actual. La presencia de sabios orientales, guiados por la sencillez y perfección de la filosofía Zen, hizo evolucionar el diseño arquitectónico y el arte del Origami a extremos inverosímiles.
La antigua ciudad de la destrucción y de la guerra se convirtió en una verdadera maravilla del planeta.
Cada año se renueva y se abre como una flor de papel, es decir, cómo un libro que con cada lectura enseña algo diferente, algo nuevo y admirable que surge del amor con que fue escrito, algo que antes, hace siglos, en tiempos de la guerra no tenía la posibilidad de contar.