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Los peligros de la noche, en especial los que trae el mismo hombre, han generado dentro del imaginario de la ciudad diferentes personajes que tratan de velar por la tranquilidad de otros, son personas de escasos recursos que en la informalidad y con algo de malicia indígena, explotan la dualidad de una fuerte agresividad para con los extraños y una zalamería, muchas veces hipócrita, para con aquellos que pagan sus desvelos. El sereno colonial, aquel de capa y farol fue reemplazado en el tiempo por nuestro guachimán, degeneración del ingles watch-man (hombre del reloj), referencia del vigilante que recorre el espacio a su cuidado haciendo escalas para darle cuerda a un reloj, lo que lo obliga a seguir una ruta y unos tiempos garantizando que no se duerma y poder precisar la hora de cualquier insuceso. Sus uniformes
que en la informalidad se transforman en vestimentas cargadas de símbolos
y emblemas combinan bien con la ruana, su lenguaje socarrón con
salpicaduras de dejo provincial y glosario militar, tuvieron en Jaime
Garzón un gran imitador; sus armas son viejas escopetas de un tiro
o changones armas de fuego hechizas con empirismo y a veces
más peligrosas para el que las dispara se complementan con bolillos,
macanas, fierros y cadenas, con el machete campesino o con una navaja
automática tres canales que igual sirve para chuzar,
limpiarse en el ocio las uñas o partir el comiso. La Garita, ese habitáculo estrecho donde se resiste el frío y las tentaciones, suele localizarse en frente de la casa del duro de la cuadra, de allí si se es formal y no se enreda con la muchacha de adentro, saldrán a buena hora una taza de café y si se han ganado con creces las indulgencias le compartirán la bandeja. Eso sí, la confianza jamás llega al extremo de prestarle el baño y deberá venir a cumplir su turno con las escalas técnicas apropiadas, cualquier urgencia deberá resolverla bien lejos, entre algunos matorrales. La visibilidad
la complementa con algunos espejos y para no dar papaya pinta los vidrios
a cierta altura, lo que también favorece uno que otro motoso; una
tabla de escritorio con los datos de los vecinos que pagan o no celaduría,
alguna revista vieja, un radio y un asiento son los implementos básicos
de estas casetas que se complementan con un zarzo donde se guarda, si
no hay goteras, la muda y la ruana, no falta el cable eléctrico
de contrabando que sirve para el bombillo o una vieja cafetera.
Se aprecia la buena confianza y responsabilidad de este celador que además de los vehículos cuida también las bicicletas de los niños de la cuadra. La fragilidad
de estos habitáculos, en especial su transparencia esta inversamente
relacionada con su función, ya que un pícaro con una cauchera
fácilmente puede copar y dominar esta posición defensiva
de la comunidad.
Con el tiempo ya no vigilará la calle si no que cobrara por transitarla.
La prepotencia o mejor los aciagos temores de ciertos personajes, rompen la escala de un sector residencial para resaltar con una especial atalaya esquinera, quizás la discreción y el anonimato ayudarían más a la seguridad de sus moradores y a la tranquilidad de los vecinos. Son muchos más los ejemplos que se dan en la ciudad de este tipo de garitas o controles que tienen en común una población informal fuera de contexto y una invasión descarada del Espacio Público sin el debido Control por parte de las autoridades urbanísticas y policivas.
Fotos y Texto: Francisco Pardo Tellez
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